México Lindo


Selección de Gabriela Lira


Tlacotzin ya empezaba a saber lo suficiente sobre la vida para entender que delante de los blancos, la mejor defensa del indio era no existir.

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Si un pobre mecapalero no pudiera echar bravatas en la pulquería una vez por semana, ¿cómo podía callar y obedecer el resto de su vida? El pulque daba a los indios una momentánea sensación de poder, pero como bien decía el ñor Chema, lo que el trago les sacaba del alma no era la verdadera personalidad de la raza, sino una burda imitación de la arrogancia española.

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Nadie puede darse el lujo de tener convicciones con las tripas vacías.

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Mandar con disimulo era peor que mandar con franqueza, si lo sabría él, que en España había tenido bajo su mando a tres mil policías. Pero los mexicanos parecían disfrutar más el mando cuando lo aderezaban con circunloquios, tal vez para prolongar la humillación del subordinado. Tantas caravanas encubrían un rencor ancestral que al calor de las copas fácilmente degeneraba en violencia.

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Miraba a los mexicanos con una mezcla de compasión y tristeza por advertir que en esas tierras el sentimiento del honor casi había desaparecido, si alguna vez existió. Cojones no les faltaban, en la revolución habían muerto un millón de personas, casi tantas como en la guerra civil española. ¿Entonces que los tenía quebrados por dentro? ¿La resaca de la derrota? ¿La conciencia del sacrificio inútil?

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El noctámbulo chilango, pretencioso y masoquista a la vez, tiene una extraña propensión a frecuentar los antros donde peor lo tratan. Por eso hay tumultos en las discotecas de postín vedadas para los nacos.

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La sobrestimación de las gringas muchas veces encubre un deseo de acceder a la modernidad a través de la cama, como si acostarse con ellas redimiera al macho nacional de su condición provinciana y tercermundista.

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Quien haya analizado a fondo las letras de los boleros y las canciones rancheras llegará a la conclusión de que para un trovador vernáculo, la pena de perder a la mujer amada es infinitamente más placentera que el gozo de poseerla.

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A diferencia de otros países donde la discriminación fortalece el orgullo racial de los marginados, en México suele provocar lo contrario: una identificación masoquista con las fobias y los prejuicios de la casta dominadora. Por eso millones de mestizos creen que la mejor forma de mejorar la raza es blanquearla.

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Las comunidades indígenas del país siguen siendo bastiones importantes de orgullo racial y cultural, pero los mestizos de las grandes ciudades, y en general, los marginados que han roto sus viejos lazos comunitarios para luchar por la supervivencia y se enfrentan a diario con la exclusión social, tienden a caer en la sumisión agachada o en su reverso: la enfermiza voluntad de poder que brota del resentimiento.

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La violencia criminal es una tentativa por fundar una nueva autoridad sobre las bases del orgullo pisoteado.

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El perfil psicológico del narco mexicano es el de un hombre que acepta la moral convencional pero tiene que transgredirla para cumplir uno de sus preceptos básicos: velar por los seres queridos. La legalidad le importa un comino cuando está de por medio el bienestar familiar. De modo que la familia, aparente víctima del narcotráfico, es en realidad la célula básica del crimen organizado.

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La sociedad mexicana ya se acostumbró tanto a la podredumbre institucional que ni si quiera nota su hedor.

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En México la política es a menudo una disputa por la apropiación y el usufructo de los símbolos nacionales. De tanto presentarse ante el pueblo como Benemérito de la Patria, Santa Anna llegó a creer que la patria era una emanación de su ego. Cuando un gobernante logra erigirse en símbolo nacional, sus defectos y virtudes pasan a formar parte de la idiosincrasia popular. Así se genera la cultura del autodesprecio.

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Jesús detestaba a su prójimo, peor aún, ni siquiera lo reconocía como tal. ¿Pero entonces cuál era el móvil de su lucha política? Simplemente se avergonzaba de pertenecer a ese rebaño indolente y sentía que debía sacar la cara por él, no porque se compadeciera de sus males, quizá merecidos, sino para deslindarse de la apatía ciudadana que lo estaba llevando al despeñadero.

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Los narcos han llevado a sus últimas consecuencias la rapiña antisocial que practicaron siempre los oligarcas engreídos, los nuevos ricos de la política y la gente que aspira a recoger sus migajas. La televisión les inculcó un feroz individualismo, una obsesión vulgar por los signos de status, una avidez insaciable de placeres caros, y cuando entran a las ligas mayores del crimen sólo piensan en cobrarle a la sociedad todas las frustraciones que han acumulado desde la infancia.

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En contraste con el falso individualismo de las sociedades desarrolladas, la modesta abdicación del yo en favor del ser colectivo practicada por los pobres de México posee cuando menos el encanto de lo genuino. Es más digno obedecer con humildad las consignas de la tribu que tener una personalidad fabricada en serie y llegar a la vejez cantando I did it my way.

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Quizá la discriminación del naco fue en sus orígenes una embestida contra la masa favorecida por el precario bienestar que empezaba a mitigar la desigualdad social en los años 70, cuando el poder adquisitivo del salario alcanzó su tope histórico. Quien sólo vale por su aspecto necesita defenderse con uñas y dientes cuando un sujeto a quien considera inferior trata de imitarlo. Con sus ridículos trajes de Milano, el naco no podía competir con los de arriba en materia de modas, pero su insolencia entrañaba una tentativa igualitaria. Por eso debían pisotearlo.

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La rectitud es un lujo que los jodidos no pueden darse.

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En el seno de algunas familias opulentas que han llevado a la perfección el arte de la doblez suelen coincidir bajo el mismo techo el junior patán con auto deportivo, aficionado a mojar a los nacos en las paradas camioneras, pasando a toda velocidad por encima de los charcos, y los padres que encabezan fundaciones para socorrer a los niños de la calle.

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La cultura viste mucho. Un periódico que no le dedica espacio pierde prestigio. En este país todo el mundo promueve la cultura, ¿no te has fijado? Hasta los narcos de Sinaloa dan becas a los jóvenes escritores. Cuanto más crece el porcentaje de analfabetos, más talleres literarios hay.

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Así era México: un país donde cualquier buena acción se castigaba de inmediato con todo el rigor de la ley.

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En medio de la frustración colectiva, su tragedia personal no significaba nada: era un espectro más en el circuito subterráneo de almas en pena donde sólo daban señales de vida los chavos banda que se empujaban al entrar en la estación, entre albures y carcajadas. Dentro de 20 años, cuando la realidad cotidiana les partiera la madre, bajarían por la misma escalera en calidad de vacas maltrechas, con el gesto inexpresivo de los adultos que ahora se hacían a un lado para dejarlos pasar.

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Le había tocado vivir en un país defectuoso, incompleto, hemipléjico, en donde la gente amaba de perfil, se prostituía a medias, chingaba quedito, cambiaba de identidad al gusto de su auditorio.